Pornografía y efectos sociales

Estamos viviendo la era de la llamada ‘transparencia’. Esto quiere decir que todo lo que se hace es visto por todos. Es más, hay un afán de que las cosas sean vistas por todos en todo momento.
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Al alcance de un ‘click’ se entra a las llamadas redes sociales, y ahí se muestran videos, fotografías, historias, y todo tipo de citas para relaciones personales. El objetivo no es que se sepa del otro. El conocimiento que se tiene de la persona que pone algo en la red es nulo. La forma del exhibicionismo adquiere ese presente del ‘heme aquí’, que sin duda tiene que ver con hacer que ‘el otro vea’ con el afán de estar en la mirada del otro, no en su conciencia.
La velocidad con la que se vive no admite el tiempo de reflexión. Se elimina el contacto de una persona con las demás personas. Todo es virtual. Por lo que el impulso para establecer una conversación verdadera se pierde. El llamado ‘chateo’ solamente es un juego de notas cortas, de contenido simple y soso, que busca crear dependencia de los dispositivos. El cuerpo a cuerpo, la existencia como co existencia se pierden. Entonces. La transparencia es una verdadera opacidad, un auténtico ocultamiento. Es así porque claramente se vive en el estado de una definitiva necesidad de ser objeto del deseo del otro, pero ese otro puede ser cualquier radicalmente otro. La mirada no es una mirada sino cientos de miradas que pueden tener acceso a tu información. Eso genera la ‘promiscuidad de las miradas’, en la que muchos están ‘mirando’ caras, poses, cuerpos.
La pornografía no es otra cosa que mostrar la desnudez del cuerpo, y los actos eróticos, segmentando el cuerpo mismo. Se muestra exactamente el enfoque en los genitales; se hace el encuadre en la eficacia fálica masculina, o en los genitales femeninos, o el coito en sí. Pero ahí no opera la persona, los sentimientos, el compromiso, el deseo amoroso, y mucho menos la parte humana de la persona. Se deshumaniza al ser y se lo cosifica. Luego se fragmenta ese cuerpo-cosa, y se lo exhibe para que miles de miradas se exciten por esa vía. Esa transparencia es la muerte de todo lo que verdaderamente significa Eros, es lo anerótico por antonomasia. Eso significa la muerte del otro, y la cancelación del amor.
Los efectos sociales de la pornografía son muchos: se desgastan los valores humanos, se despersonalizan las relaciones humanas, se aprende a vivir individuado, fragmentado, aislado. Se estimula la auto excitación a través de mecanismos virtuales, y de revistas y fotografías degradantes. Peor, los modelos y las formas de ‘hacer el sexo’ mostradas en esos medios desdibujan el sentido espiritual de la comunicación. Lo perverso resulta una salida natural a todo ese proceso. Se buscan relaciones que no son tales; encuentros fáciles; coitos simples; se estimula una hipersexualidad en la que no hay ya erotismo amoroso. Y eso deviene violencia. La peor de todas es comenzar a ver al otro como sustituible. Lo que lleva a que las personas dejen de serlo; se tornen cosas; y unos utilicen a otros. La necesidad de estar pensando en desfogues y descargas pulsionales convierte al otro en un mero cuerpo a los ojos. Por eso ya no hay tiempo para la vida auténtica. El encuentro entre dos personas se hace tan efímero, que incluso la idea de familia se desdibuja. Obviamente, si mi esposa no se parece a esas modelos de revista desnudas, la desprecio. Si mi marido no es eficaz como esos sementales que duran horas satisfaciendo mujeres; si los tríos y las orgías son ‘naturales’, el compromiso de pareja corre serio peligro. Los esposos que ven pornografía, a solas, o de acuerdo, dejan de vivir el amor como un milagro espiritual renovado cada día.

 

 

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