mi esposo es un mentiroso

Hola. No se qué hacer, me acabo de enterar que mi esposo me engaña, lo encaré y me dijo que si pero que por mi ya no lo iba a volver a hacer. La persona con la que me engañó aún le escribe y le manda mensajes diciéndole que lo extraña y que no puede vivir sin él.
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Él ya me ha jurado y perjurado que no la ha vuelto a
ver pero tengo mis dudas.
Ahora yo ya no confió en él quisiera divorciarme pero tengo niños
chicos y si así batallo para que me de dinero, si me separo pues mucho
más, de hecho nos llevamos bien pero ya no hay de parte mía la
confianza que antes tenía ¿qué puedo hacer?

Tengo muchas dudas.

 

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Estaba llegando la hora de cierre de la oficina. 20.50. Algunos ya se habian retirado, pues no había mucho trabajo. Apagaron algunas luces y Natalia empezó a guardar sus cosas cuando notó que solo estaba ella y Darío, un compañero un tanto oscuro, con el que casi no tenía trato.
Él la mira, gira su cabeza para un lado y otro y le dice “Creo que estamos solos, no?”. “Si” responde ella, sin levantar la mirada de las cosas que estaba poniendo dentro de un bolso. Dario, con voz pnzante, sin ningún atisbo de temor le pregunta “¿Querés?” mostrándole, con una convincente sonrisa maliciosa una bolsita con cocaína. Ella, sin emitir un solo sonido ni expresar ningún gesto, sintió que se mojaba. Sin dar muestras de aceptación bajó su mirada algo nublada a su bolso intentando disimular su estado.
Claro que Natalia tomaba. Solo con Luciano, su pareja y siempre en un único y definitivo entorno sexual. Ella y su marido aspiraban cocaina juntos o, esporádicamente, con alguna amiga de ambos y ese revuelto terminaba en algunos besos o sexo de a tres. Para Natalia, la merca, solo tenía un determinado objetivo: el sexual. Pero ¿tomar sola? Peor aun: ¿compartir unas lineas de merca junto a su compañero en la ya desierta oficina? Eso nunca pasó por su cabeza.
Ante la insistencia de Darío solo atisbó a responderle “Vos estás loco, ¿no?” una respuesta que claramente no era positiva pero tampoco negativa.
Y Darío tomó la iniciativa e insistió con la acción: sacó un platito que tenía en un cajón, volcó un puñado del polvo blanco (ante la cada vez más asombrada y temblorosa Natalia) y con una gillete armó rápidamente y con maestría 4 líneas largas y gordas. “Dale, total ¿quién se va a enterar?”
Darío estaba jugando con fuego y Natalia sentía un ardiente e irresistible calor entre sus piernas. Como un flash pensó en su pareja, compañero de locuras, en la confianza mutua que lograron construir, en la lealtad que se gestó con esa especie de pacto no escrito que hablaba firmemente que no se cortarían solos para temas tan delicados e íntimos como tomar merca y, obviamente, tener sexo. Darío, demostrando una personalidad decidida y dominante supo leer que la duda de Natalia que otro tomaría como una respuesta negativa y tajante representaba más una cuestión de “no debo” que de “no quiero”. Entonces sin hablar una sola palabra más, tomó hermoso y fascinante billete de 10 dólares lo enrrolló velozmente y le acercó con su mano izquierda el plato con las perfectas lineas blancas y con la derecha, el improvisado tubo. Natalia, que vió toda la secuencia como si hubiese durado menos de 1 segundo, empezó a ceder cuando su mente comparó y se escuchó pensar: “Ufff, arma las líneas mucho mejor que las que corta Luciano” y ese mero pensamiento volvió a producir humedad en su entrepierna. Ya se estaba entregando. Lo sabía y se sintió embriagada por la situación, como… borracha, mareada... y en semejante estado de sometimiento notó que la cocaína, rápida, fácil y cómodamente ingresaba por una de sus fosas nasales.
Ahí se dió cuenta de que ella no tenía nada en sus manos. ¡Ella no había tomado el tubo de papel! Abrió los ojos y vió con excitación extrema que Darío le había colocado en su nariz el billete enrrollado y pegado al plato que él mismo sostenía, como un dueño que manipula el deseo de su sometida. Y lo que ella suponía que se precipitaría, ocurrió en ese instante. La rica merca dentro de ella la empujó y sin tomar conciencia Natalia ya estaba desnuda, caliente, gozosa, con el duro miembro de Darío en su boca.
La personalidad frágil de Natalia era su secreta perdición: ella, por cortesía, amabilidad y pudor nunca enfrentaba con un “NO” lleno de decisión férrea cualquier circunstancia que otra persona propusiera y ella no debía acceder. Cuanto mucho, respondía con un “jajaja” por cumplido y se retiraba sin marcar territorio propio ya que jamás iba a pegar un puñetazo en una mesa reclamando derechos o para cortar de plano una situación que la molestaba o que no correspondía, ya fuera por cuestiones laborales con un jefe, o por situaciones injustas con un compañero o con alguna clienta maleducada. Pero, de ser permisiva por educación a encontrarse teniendo sexo infiel con alguien con quien jamás entabló un diálogo la sorprendía y la calentaba. Mientras sentía como el miembro gordo, tórrido y magnífico de Darío la penetraba y él empezaba a bombearla comprendió que la había arrastrado a complacer y entregarse por completo a otro hombre que no fuera su esposo. Darío casi la había forzado, obligado, pasó por encima de su tibia negativa y ese claro gesto de dominación fue vital para dejarse sojuzgar totalmente.
Mientras Darío le sacaba el sweater y desprendía su corpiño, le recordaba que aun quedaban 3 lineas en el platito. “Tomate otra” ofreció y Natalia obedeció inmediatamente. Toda la escena le pegaba duro en su morbo: que Darío ponga las reglas, la excitaba. Complacerlo totalmente, la enloquecía y estar engañando a su pareja no solo con sexo sino también compartiendo la rica cocaína con otro hombre que no fuera Luciano la enloqueció. No lo pensó, ni lo determinó. Pero estaba claro que al menos en ese sucio y retorcido momento, ella le pertenecía a su compañero de trabajo devenido en su dueño y amante, pues era asi claramente como ella entendia que funcionan los vinculos, sus vínculos: ella siempre sumisa, excitada de complacer a un macho que domine.
Aspiró con fuerza otra más y le pidió, con ternura, que él la acompañe. Asi vió por primera vez a otro hombre que no sea su pareja tomando cocaína y ya su éxtasis era incontrolable. Perdió el uso del tiempo y el espacio, y cuando –cual espiral que marea- caía en la realidad, aunque fuera por segundos, se veía en el baño de hombres de su oficina, merqueada, desnuda y compartiendo sexo y droga con otro hombre. Más allá de que una pequeña voz de alerta, de peligro le adivirtió en su cabeza que todo ese cuadro, absolutamente todo, era lesivo para su vida personal, su relación con Luciano y la precisa posibilidad de perder todo por un arranque irracional, Natalia se entregó por completo a los deseos y pautas que Darío forzó. Y en ese estado comprendió que no solo sería imposible negarse si esa circunstancia con Darío se volvía a repetir. Era seguro que con cualquier otro hombre que actuase igual de determinante y ofrezca un seductor y arriesgado “cruze de límite” con tanta decisión ella iba a ceder de la misma forma. Solo había una manera para que eso no ocurra con cualquier otro y era el reconocer y aceptar que acababa de darle los mandos de su sumisa voluntad a su hasta hacía un rato, casi desconocido compañero de trabajo.
Natalia tuvo 3 orgamos. El último, cuando su macho le metió un puñadito de merca en su nariz y ella aspiró gozosa y complaciente. Como era de esperar, Darío no usó preservativo alguno y llevando la dominación al máximo le dijo: “senti como te lleno de mi”. Ella exclamó "si" y escucharse la hizo temblar. Acto seguido el semen de su macho la inundó y ahí mismo, la nóvel infiel tuvo un cuarto y total clímax.
Natalia estaba caliente, plena, embriagada pero muy temerosa. Si Darío hacía una rápida lectura de lo ocurrido, iba a darse por enterado que desde ese momento él podía hacer con ella lo que deseara. Y, con semejante autorevelación Natalia se sintió arder por dentro ante semejante peligro.
Se lavaron rápido, ya eran casi las 21.45 (hora en la que habitualmente llegaba en colectivo a la casa que compartía con Luciano) y se animó a preguntarle a su reciente amante si podía llevarla en el auto lo antes posible y asi disimular la terrible deslealtad que había cometido. Dario accedió, se vistieron, cerraron la oficina y subieron al auto de él con rumbo al hogar de Natalia. Su macho, mientras manejaba, le dedicó palabras dulces, sensibles, acogedoras que calmaron el remolino que ella tenía en su interior, una lucha entre el goce completo (que corría peligro de repetirse) y la locura que acababa de cometer. La dejó a media cuadra y cuando se bajaba, la tomó de la campera y forzó un apasionado y húmedo beso de despedida.
Natalia entró a su casa veloz pero sigilosamente. Luciano se encontraba en el jardín trasero jugando con los gatos. Ella le gritó “amor, ya llegué, entro al baño” y se encerró caliente y confundida. Sentada en el inodoro escuchó que su pareja entraba a la casa y, rumbo a la cocina, le decia que iba a freir una milanesas. Ella le contestó “genial” sabiendo que no tenía hambre, su estómago estaba cerrado de miedo y fogosidad. “Me pego un baño rápido, entonces” le cuenta. Abre la canilla de la ducha, se quita la ropa con olor a sexo, a trampa, a su nuevo y sorpresivo macho, a leche, a sus jugos. Y se mira las marcas de las piernas y los brazos: Darío la había cogido duro, con violencia y estaba realmente movida por la aparición tan rotunda de su compañero.
Cuando metió la cabeza bajo la lluvia, su cabeza seguía con la imagen: ella, desnuda con otra carne dentro suyo, siendo infiel a su marido, regalada, merqueada y aceptando llenarse con el semen de su amante. Despejó el sentimiento de culpa deslizando sus dedos a su clítoris y se encontró, sorprendida, masturbándose repitiendo mentalmente “Ah, Darío… ahh… más”.
Salió relajada, minimizando su falta, notando que la líbido derrotaba al malestar pese al sentimiento de culpa por saber que lo ocurrido no había sido algo ocasional y que no se repetiría. Ella deseaba otro. Y otro más. Pensar de esa forma la sorprendió y tras una cena con pocas palabras se acostaron y mientras Luciano se dormía Natalia descifró lo que estaba ocurriendo en su mente: hasta las 20.50 de ese dia, los roles de su vida eran claros. Ella satisfacía a su marido otorgandole el cetro del sexo y de alguna forma “el poder” mientras que su papel era el de sumisa y complaciente. Nunca se había planteado cambiar esa rutina que ya era costumbre en su relación. Pero al aparecer Darío y lograr doblegarla, ella reconoció que él se hizo del mando, que ella ahora le pertenecía y por consiguiente era claro que había unas nuevas reglas, las que imponía su "macho" y esta secuencia ubicaba a Luciano como "el más débil" de ese nuevo y sorpresivo panorama. Asi que, ahi, en su casa, la culpa que sentía ante el claro perdedor, Luciano, su pareja, era mínima. Y eso la confundía, la ponía nerviosa pero la excitaba...
Por la mañana aun con todo ese cóctel dentro de ella, mientras iba a su trabajo se notó impaciente, incómoda, insegura. ¿Cómo debia comportarse al llegar? ¿Cómo se interrelacionarían con Darío? ¿Cómo actuaría él, en consecuencia?
Al llegar notó que el clima era el de siempre. Saludo a todos sus compañeros mientras su ahora "amante oculto" actuaba como era su costumbre, silencioso, casi sin destacarse del resto y en ese clima normal Natalia se fue relajando, aunque era claro que ella esperaba ansiosa, excitada, caliente, expectante ese momento preciso, en el que todo cambiaba y se volvía embriagador: el horario de cierre.
A las 20.50, como era rutina, cada uno de sus compañeros de trabajo comenzaron a tomar sus cosas y a despedirse de todos. Ella, para hacer algo de tiempo, comenzó a guardar sus cosas muy lentamente mientras disimuladamente levantó la mirada haciendo un leve paneo entre los escritorios y las computadoras pero, para su sorpresa, notó que Darío ya no estaba. Se desesperó, se sintió frustrada, desilusionada pero algo aliviada, quizás. Fue al baño de damas para hacer una última micción y al instante sintió un sonido y mirando por el espejo comprobó que ahi estaba él, su dueño. Al verlo entrar por la mezcla de miedo, culpa, excitación y alegria literalmente sintió una especie de orgasmo. Su amante la besó como solo besan los que son dueños de una mujer y Natalia no tuvo vergüenza “Dame merca” le dijo. “Quiero ser tuya, puta, infiel, merquera”. Dario tenia algo preparado, claro. Puso el plato en el piso del baño, trabó la puerta armo 6 lineas y le dijo “Sacate toda la ropa, ponete en cuatro patas y empezá a tomar”. Sin pensar si estaba bien o mal, al instante estaba obedeciendo y mientras ella tomaba la primera raya de cocaina, Dario escupia sus dedos índice y medio y le estimulaba el orificio de su hermoso culo. Ella cerró los ojos y visualizó la imagen.
Mujer casada. Desnuda en el baño de su trabajo. En cuatro patas, jalando merca y a punto de ser cogida por su amante dominador por el traste. Ni en sus peores sueños cargados de morbo siquiera imaginó esa situacion. No supo como, pero mientras se metiá la segunda linea, ya tenia el trozo caliente de él, su dueño, dentro de su culo. Volvó a visualizar la imagen. ¿Tan puta, infiel y regalada podía ser con este hombre? Y tembló de calentura. Darío mientras la cabalgaba, cual domador que somete a una yegua, la masturbaba con sus manos, asi fue que logró que acabe varias veces. No solo por el estímulo físico. Lo que estaba ocurriendo la emborrachaba de locura, entrega y sumisión. El le pidió el plato, lo puso en la cintura de Natalia quien escuchó con estremecimiento una larga y descontrolada esnifada. Dario la llenó en su estertor final, la dio vuelta con mucha suavidad, la beso tiernamente en la boca mientras jugaban con sus lenguas y suavemente le introdujo su pedazo de carne, aun erecto, en su entrepierna. Hay que decirlo claramente: su macho estaba cumpliendo con cada una de las normas que hacen a un dominador. Natalia se estaba sintiendo atraída sentimentalmente. Ese tipo al que ella ni registraba 24 horas antes, había logrado que ella realmente se sienta suya. Ya no solo en la carne, Natalia estaba enloquecida por él. Como la noche anterior, la llevó a su casa. Esta vez estaba más enchastrada, sucia, merqueada y deshinibida que la primera vez. Cuando Dario detiene el auto la mira y le advierte: “Como notarás, esto no termina acá. Mañana vamos a cojernos fuera de la oficina, en el departamento de Mariano”. Natalia lo miró con un gesto de no comprender. “Si. Viste Mariano, el que tiene la imprenta frente a la oficina? Bien. Vive en el edificio de arriba. Mariano y yo hemos coincidido hace meses en que te teníamos ganas, que estás muy buena y sos muy puta como para desperdiciarte. Mañana, Nati querida, vamos a cojer los 3”. Y mientras la besaba mordiendole los labios, le colocaba una bolsita de cocaina en el bolsillo del sacón.
Natala bajó del auto confundida, asustada, excitada, desbordada. Entró a su casa. Luciano no estaba. Se sorprendió, pero igual no perdió tiempo y entró al baño con prisa. Saco la bolsita del bolsillo y se metió dos rayas que la transportaron a la oficina, al sexo con ese tipo tan extremo, a la trampa. Por primera vez experimentó sentirse como una verdadera puta.
La merca ya no era un estimulo extra para su pareja y ella. Ahora era la contraseña que la transformaba en una rica ramera.
Lo que ocurrió la noche siguiente fue tal cual lo planeó su dueño, Dario. Ella desnuda, merqueada, caliente y entregada ya no solo a su macho. Mariano, el de la imprenta frente a la oficina la estaba disfrutando y colmando sus deseos más sucios, bombeandole su concha humeda y rosada, abriendole sus delgadas y largas piernas. Asi: tan abierta que la definición de sometida era perfecta mientras su amante le ponia dulcemente su pene en sus labios.
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