La infidelidad en los tiempos del Coronavirus

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Abriendo el periódico encontré esta noticia en el periódico; “Coronavirus en Argentina: una historia de infidelidad obligó a aislar a todo un pueblo. En Selva, una localidad de 2.500 habitantes. Uno de sus vecinos tuvo en encuentro amoroso con una mujer en Córdoba que viajó a España y habría tenido síntomas del virus. Selva, un pequeño pueblo del sur santiagueño, se encuentra totalmente aislado y cerrado. Nadie entra ni sale. No se puede cargar nafta, no hay bares ni restaurantes abiertos, las escuelas y los edificios públicos están cerrados, los locales comerciales tampoco abren y sólo la farmacia y un pequeño súper, atienden de a ratos. Parece un pueblo fantasma en algunos momentos del día. El reencuentro de dos viejos conocidos, que derivó en una historia de infidelidad, puso en jaque a todo el pueblo, que ahora transita la cuarentena del coronavirus ​por la irresponsabilidad de los amantes.” Seguramente el pueblo tendría que haber cerrado sus límites como lo han hecho todos los demás lugares de la tierra frente a esta pandemia, con o sin estas historias de amor evidentes o clandestinas. Lo que es si es un acierto es repensar obligatoriamente lo humano y específicamente, el amor. ¿El amor seguirá siendo igual antes o después del Coronavirus? Re pensar sobre la cercanía física tan buscada, y sobre nuestra antigua manera de tener contacto con nuestros seres queridos para expresar afecto y vínculo. ¡Ahora un beso ya no significa lo mismo que antes, ahora un beso puede ser mortal! Advertimos que el otro a quien necesitamos es al mismo tiempo el otro que puede contagiarnos dice Mariano Horenstein. Cuando surge un peligro como el del virus de esta temporada, un primer reflejo es desentendernos. La familiar omnipotencia confía en que no es asunto nuestro, los que se enferman y mueren siempre son los otros. ¿Algunos, apalancados en ese reflejo habitual que proyecta en el otro lo que preferimos no reconocer en nosotros, lo utilizan abyectamente para justificar que nosotros no entramos en ese aspecto, ni yo, ni mi amante? La especie humana está expuesta desde el nacimiento al desamparo.

Nacemos prematuros, a diferencia de muchos animales, y es la larga temporada en la que dependemos de otro lo que nos hace humanos, la que nos permite el nivel inédito de logros que la humanidad ha alcanzado. Esa necesidad imperiosa del otro que nos alimente y proteja nos lleva a ilusionarnos con un otro sin falla, dueño del poder de salvarnos, esa ilusión bajo la cual los niños se permiten crecer. Con el tiempo la realidad actual se ha encargado de desmentir esa ficción fenomenal, y el modo en que se tramite esa desilusión será fundante de la estructura psíquica de cada uno. Ver que ese otro capaz de salvarnos está tan desvalido como los que precisamos ser salvados es fuente de angustia y parálisis, e intentamos todos los modos posibles de desmentir esa evidencia. Somos seres de ficción que precisamos ficciones para sobrevivir, ésta es una de ellas. Como recae el límite de la sana distancia que no repliega, nos hace vivir nuestros cuerpos en función del relato de los síntomas con que se nos bombardea, o el costado perverso de algunos de nuestros congéneres que encuentran algún oscuro goce en no cuidar al otro del que son responsables, en violar cuarentenas necesarias o jugar un juego de riesgo donde la satisfacción de mirar de frente al abismo no repara en gastos. Ser o tener un/una amante, reflexión que ahora requiere un punto más en la lista. En un caso donde es una epidemia lo que está en juego, y donde la vía de contagio es a través de aquellos con quienes tenemos un contacto más estrecho, todo se potencia. Pese a los intentos de nombrar al peligro como extranjero, es el prójimo el peligroso, aquel con quien trabajamos o dormimos, con quien nos movilizamos, con quien hacemos el amor. Es en la microfísica de las relaciones donde se trama un modo efectivo del cuidado, cuidando al otro, cuidándolo incluso de uno mismo. ¿Un beso, que daría yo por un beso?

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