Infeliz Corazón

Por: Carlos García Kersten Era una mañana calurosa de verano, el sol apenas podía asomarse por la ventana del cuarto, recostada en la cama se encontraba una silueta femenina, dormida, tranquila, el mientras tanto, caminaba por el cuarto fumando un cigarrillo, como si su vida dependiera de ello, con un movimiento torpe golpeo el baúl al pie de la cama, sobresaltada se despertó la joven mujer y le dijo:                               – Vuelve a recostarte.  
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El joven negó haciendo una mueca y movió la cabeza con torpeza, aferrado a la colilla de su cigarro, succionaba lo último que le quedaba, lo apago en el cenicero del buro y comenzó a buscar su ropa por el suelo de la habitación, mientras tanto, no se percato que la joven muchacha había dejado la cama para ir al tocador, sus movimientos fueron aun mas descontrolados, quería encontrar su ropa lo antes posible y salir de ahí disparado, habiendo encontrado todo, faltaba su camisa, se golpeo la cabeza con la palma de la mano, pensando en la noche anterior y recordando como ella se la había arrancado con tal fuerza que pudo haberse colado por la ventana y caído hacia la calle contigua, rápidamente volteo a la ventana tratando de encontrarla, se dijo a sí mismo:

 

– Era una buena camisa, si alguien la vio, ¡seguro la robo! Pensaba…

 

Antes de seguir imaginando el destino de su prenda volteo al cuarto, para encontrar a su joven amante nocturna con su camisa puesta sobre su cuerpo desnudo, ella lo miro desencantada.

 

– ¿Está todo bien? le dijo serenamente

– Luces un poco raro. Comento interrogada

– ¡Estoy bien! Dijo sobresaltado

– Lo que pasa es que tengo que irme. Dijo apresurado.

– ¿Tan pronto ya? Me hubiera gustado que te quedaras más tiempo.

 

Comenzó a acariciar su cabello, pero el joven reusó la caricia y volteo la mirada

 

– Tengo trabajo pendiente, ya se me ha hecho tarde. Afirmo

– Está bien no quiero retrasarte.

 

La muchacha asentó Le entrego el resto de su ropa, y volvió a acostarse en la cama, rápidamente termino de vestirse y se dirigió a la puerta, pero antes que pudiera salir, ella le grito:

 

– ¡Espera!

 

De un solo movimiento freno al muchacho como si se hubiera estrellado en una pared, nervioso y alterado, fingiendo tranquilidad volteo a verla y respondió a ella levantando las cejas.

 

– ¿No me vas a decir tu nombre?

 

La joven pregunto

 

– Jo… Joaquín. Este nervioso respondió

– Mucho gusto Joaquín, yo me llamo Sandra. Afirmo

 

Joaquín respondió con un gesto dulce pero incompetente y se dirigió de nuevo a la salida

 

– ¡Hey espera! Le grito nuevamente.

 

Joaquín, alterado volteo a verla con una mirada más que fría, solemne, tratando de encontrar algo de control dentro de sí mismo para no gritarle ¿Qué es lo que quieres?

Ella levanto la mano suavemente y le pregunto:

 

– ¿No olvidas algo?

 

En su palma posaba un anillo de oro, que brillaba cual destello al recibir la luz del sol, rápidamente, Joaquín corrió a ella, tomándolo de un solo movimiento, lo coloco en su dedo anular izquierdo, como si al usarlo recibiera algo de tranquilidad y bienestar la cual buscaba con desesperación desde su ultimo cigarro.

 

– Bueno… Este… Si… Gracias…

Dijo cortésmente y apenado, tomando camino hacia la salida

– ¡Me saludas a tu esposa! Le grito Sandra cínicamente a Joaquín antes que este cerrara la puerta.

 

Ya en la avenida, con el sol en su rostro, el ruido de la ciudad, la gente pasando, los niños jugando, mercaderes vendiendo sus productos gritando, le decían a Joaquín, que no era ni un sueño o mucho menos una pesadilla, no despertaría en cualquier momento a lado de su esposa, lo había hecho en verdad, no era ninguna fantasía, había engañado, era un infiel, decepcionado de sus acciones, comenzó a caminar, pero muy dentro de sí, sabía que no iba hacia ninguna parte.

 

Continúo hasta que los pies le dolían, le pesaban, como si estuvieran hechos de piedra, llego a casa, todo lucia exactamente como el día anterior, incluso la cubeta que había dejado con un trapo viejo, en uno de sus tantos intentos de lavar el coche antes de que lloviera. Entro a casa, su perro lo recibió como siempre, alegre y moviendo la cola, resultaba extraño ya que en el camino Joaquín imaginaba como su perro al verlo lo atacaría directo a la yugular dejándolo desangrarse en el piso de su entrada, pero para su sorpresa no hizo nada, entro a su hogar y vislumbro a su hijo al final del pasillo:

 

– ¡Hola papi! Le dijo este alegremente.

– Hola hijo… respondió fríamente.

– ¿Me vas a llevar al parque? recuerda que lo prometiste. Le refuto el niño.

– Si, si, dame media hora para bañarme y cambiarme. Le respondió.

 

Del fondo del pasillo una silueta apareció, era Ana, su esposa, que limpiándose las manos llenas de jabón al niño grito:

 

– Mi vida deja a tu padre reposar, que acaso no vez que trabajo toda la noche sin descansar

 

Le dijo la mujer a su hijo mientras se acercaba a su marido

 

– Hola mi amor ¿Cómo te fue? ¿Muchas auditorias supongo? Ana Le dijo.

– Sí, bueno, en realidad no muchas, aunque una me quito mucho tiempo. Respondió Joaquín bajando la mirada.

– Bueno, eso no importa ya, lo que importa es que ya estás en casa, anda vete a dar una ducha y yo mientras te preparare el desayuno. Le dijo cariñosamente.

– Si, gracias amor, voy y vengo. Le contestó su marido.

 

Si en esos momentos Joaquín hubiera caído muerto en su camino al baño, hubiera sido fantástico, ya que se sentía peor que eso, sentía que había perdido algo. Entro a la regadera y se poso en el chorro de agua mientras trataba de indagar el por qué lo había hecho.

– ¿Será que soy una mala persona?

– ¿Ya no amo tanto a mi esposa?

– ¿Será el final de todo?

– ¿Sentirán esto todos aquellos que son infieles?

– ¿Por qué lo hice?

Preguntas y preguntas le daban vueltas en la cabeza, no podía contenerse y cayó en llanto cual niño perdido, sabía lo que había hecho, sabia el daño que había cometido.

 

El grito de Ana lo regreso a la tierra, lo llamaba a desayunar, se apresuro, salió del baño, entro a su habitación, aquella en la que había hasta la día de ayer, pasado todas sus noches con su mujer, en la que habían hecho el amor, en la que habían reído, jugado, compartido sus vidas, desde el buenos días, hasta el beso de las buenas noches, donde pasaron momentos difíciles y algunos más complicados, gastos, pagos, deudas, peleas, regalos, flores, canciones, programas de televisión, una vida compartida, perdida en un instante de placer, una vida reflejada en un segundo de aquel tiempo que solo fue y nunca volverá.

 

Joaquín se miro al espejo, sabía que era el mismo, pero no en el interior, algo había cambiado, ya no era el mismo hombre de ayer, desconcertado, con rabia y coraje, fijamente viéndose a los ojos se dijo:

– ¿Quién eres?

– No te conozco

– ¿Qué quién eres? ¡He dicho! Se grito en silencio

– Eso, ya no lo sé… se dijo.

 

Lo único que sabía es que eso lo iba a marcar de por vida y que nunca lo iba a olvidar.

Estaba perdido.

 

Dentro de su abismo, logro escuchar la voz de Ana, la cual lo jalaba desde donde quiera que este se encontraba, se vio a sí mismo, raquítico, podrido, completamente devastado y hecho solo un suspiro de lo que algún día fue, el era solo un recuerdo, encaminándose a la cocina de su hogar, se detuvo al ver una imagen que mas que perturbarlo lo lleno de una extraña melancolía añeja, aunado a un sinfín de recuerdos los cuales llenaban su existencia de miseria al más puro sentido posible. Aquella imagen era una foto del día de boda con Ana, por un segundo recordó lo nervioso que estaba, como le temblaba todo el cuerpo al estar parado en aquel altar, sin saber que destino le deparaba y como todo ese miedo desapareció por completo en el momento que vio entrar por la puerta principal de aquella parroquia, esa silueta blanca, la cual parecía volar entre el pasillo, su velo se desplazaba por el aire como una sinfonía del viento, y al llegar al altar pudo apreciar claramente esos ojos que lo veían con todo el cariño del mundo, una pequeña sonrisa llego al rostro de ambos, tomaron sus manos y se encaminaron juntos por la vida.

 

De vuelta en su realidad, Joaquín pudo verse reflejado en el marco de aquella fotografía y vio como él era un simple espejismo, con rabia y coraje, se dijo a sí mismo:

 

– No se lo merece. Tengo que decirle la verdad.

 

El olor a comida recorría la casa, ese calor y calidez recorrieron su cuerpo por última vez, o al menos eso es lo que él pensó.

 

– Ya te serví mi amor, come mientras está caliente. Dijo Ana

– Si, si gracias. Dijo el apenado

– Pasa algo mi amor, luces exaltado. Ana respondió

– Este… sí, tengo que decirte algo. Dijo aquel con nerviosismo

– ¡No me asustes Joaquín! ¿Te despidieron del trabajo? Dijo su mujer muy preocupada

– No, no es eso, es algo más. Dijo el hombre bajando la mirada

– Pero no me dejes así caray, dime que sucede, sabes que puedes confiar en mí. Dijo la mujer tratando de encontrar un poco de tranquilidad en sus propias palabras

– Es que, de eso se trata de la confianza. Dijo Joaquín con apenas un suspiro de voz

– ¿Qué dices? Ana respondió con descontento

 

En ese momento su hijo entro corriendo botando un balón de futbol soccer, interrumpiendo el silencio que se había creado segundos atrás.

 

– ¡Listo papi listo! Dijo el niño emocionado

– ¡Luisito! Grito la madre – ¡Cuántas veces te eh dicho que no juegues con el balón dentro de la casa! Dijo la mujer muy exaltada

– Pero mama… el niño respondió

– Pero nada, ve a tu habitación. Dijo la señora con una gran exaltación.

 

El niño salió del lugar, con la mirada atónita, no entendía que es lo que había pasado, al estar solos nuevamente, Ana se dirigió de nuevo a su esposo.

 

– Que es lo que pasa Joaquín

– Bueno, lo que pasa es que… mira, tú sabes qué, bueno debes de saber que cuando… Decía al hombre tratando de armar los hilos sueltos dentro de su cabeza

– Sin darle vueltas al asunto, dime ¿Qué es lo que sucede? Dijo Ana

– Te mentí y engañe anoche. Dijo Joaquín con una voz fúnebre

– Se puede saber con quién. Dijo Ana estoica y erguida

– Con, con Sandra, es una chica nueva en la oficina, es mi asistente. Dijo el hombre con voz ausente.

– ¿Es la primera vez o ya lo habías hecho? Dijo Ana en un instante

– Es, es la primera vez, pero deja te explico, te juro…

 

Joaquín fue interrumpido por la mano de Ana la cual no mandaba callar, ella lo miro a los ojos, lo tomo de la cara, vio su mirada la cual seguía perdida en una inmensa melancolía y soledad.

 

– ¿Qué haces? Le dijo Joaquín

 – Quiero recordarte de esta manera, sufriendo por mí. Le contesto Ana con una voz hiriente

– ¿Pero por qué? Acaso vas a dejarme. Dijo el hombre con el llanto en puerta

– ¡Ha! Para que dejarte, cuando tu ya lo hiciste primero. Dijo Ana solemne.

 

Se levanto la mujer y camino a la puerta de la cocina, Luis podía escuchar como subía las escaleras hasta la habitación, entraba en ella, para continuar cerrando la puerta. Estupefacto, limpio la cocina, los platos, ayudo a su hijo con sus deberes, y solamente volteaba de vez en cuando a ver la puerta de su cuarto, la cual desde aquel momento en la mañana hasta ahora entrada la tarde había permanecido cerrada.

 

Caída la noche y habiendo acostado a su hijo a dormir, Juan escucho como de un solo movimiento Ana abría la puerta de la habitación, este corrió desde la sala donde se encontraba para que lo recibiera, en la puerta de su alcoba se hallaba su esposa, con los ojos hinchados y la piyama puesta, esto no podía alegrar mas a Joaquín, “ya me perdono” este pensó, bendito dios, también rezo, al entrar le dijo a su mujer:

 

– Amor te prometo que…

Antes de terminar la oración, Ana levanto la mano pidiéndole silencio

– Buenas noches. Dijo la mujer completamente serena e insensible

 

Joaquín, se quito la ropa y se introdujo en su piyama con incertidumbre y miedo, al terminar se acostó en la cama y le dijo a Ana.

 

– Amor, vamos a hablar por favor. Le dijo el hombre buscando tranquilidad

– Buenas noches. Ana simplemente repitio.

 

Apagaron la luz y durmieron.

 

Era una mañana calurosa de verano, el sol apenas podía asomarse por la ventana del cuarto, recostado en la cama se encontraba una silueta masculina, la cual despertó gracias a la luz filtrada por las persianas mal colocadas, se estiro, abrió los ojos y se encontró solo, no había nadie a su lado, extrañado, se levando, camino por la habitación, la recorrió, pero a nadie encontró, salió y el cuarto de su hijo también vacio lo hallo, en un dilema se pregunto.

 

– ¿Qué fue lo que paso?

 

Bajó las escaleras y solo una nota en el piso descubrió. La abrió pero en ella solo una palabra la persona que la hizo escribió.

 

– Adiós…

 

Varado en medio de la nada, solo, Joaquín se quedo, sabía que eso se merecía y que sus cuentas pago.

 

EL FIN  

 

 

 

 

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