Darse desde lo otro

Partiendo desde el punto de vista de la vida práctica, podemos darnos cuenta que la idea de pareja tiene diversas acepciones pero que gran parte de ellas tienden hacia un sentido productivo o inclusive hasta mercantil que hacen de los integrantes de la pareja poco más que bienes perecederos y sustituibles.
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A tal grado que inclusive podemos llegar a considerar, que pareja significa una práctica social entre individuos concretos con algún fin práctico de por medio; por ejemplo: evadir la soledad, delegar responsabilidades, sentirse poderoso o tal vez un simple enriquecimiento fácil. En cuyo caso, en lugar de preguntarse: “¿Por qué no está funcionando esta relación?”, lo más noble sería preguntarse: “¿Por qué quiero que una relación así siga funcionando?” [Pregunta cuya respuesta, de ser sincera, puede tener un matiz bastante siniestro que necesariamente demeritaría el esplendor de tan altísimo concepto que es el de “pareja”].

Si es posible notar cualidades de un bien perecedero y sustituible en alguno de los integrantes de la pareja [sin importar cuál de los dos integrantes haga la observación], es porque alguna subjetividad, de las que forman parte de esta, intenta afirmarse a sí misma mediante su imposición en el otro. Situación cuyo desenlace sólo puede darse de dos maneras:

1) El sometimiento del otro frente al supuesto señorío de la subjetividad que ha conseguido afirmarse.

2) Una contradicción al interior de la subjetividad que fracasó en el intento de afirmarse, que deviene en la imposibilidad de afirmar aquel sentido que se encontraba como el más legítimo.

Esta última posibilidad tiene un final trágico donde la subjetividad que se supuso autónoma, y que no logró demostrárselo a sí misma, entra en un proceso constante de contradicción de sí misma donde simplemente se niega la dignidad de su propia existencia. La gravedad de estos posibles desenlaces hace necesario encontrar una interpretación más adecuada de lo que quiere decir el concepto de “pareja”.

La pareja puede ser considerada como un punto de partida o como un punto de llegada. Una pareja que se ha intentado construir a partir de la subjetividad, es decir a partir del Yo, toma a la subjetividad como superior al conjunto, en cuyo caso utilizar el concepto de pareja que estamos intentando “aclarar” sería un uso ilegítimo. Y es debido a esta naturaleza que no debiera sorprender que en algún momento se manifieste algún tipo de barrera. Visto así, la aparición de barreras no podría significar otra cosa que la absoluta imposibilidad de tener éxito en dicha relación. Por otra parte, pese a la severidad con que se presenta la aparición de barreras, es gracias al análisis de estas que se abre la posibilidad de ver a la pareja como algo fuera de estas mediaciones de interés. La posibilidad de recurrir al sentido más original de lo que, pensantemente, quiere decir “pareja”.

La pareja no va a darse porque Yo quiero, ni a partir de mis propias ideas; por la naturaleza misma del concepto, la pareja no puede más que darse desde fuera y sin apelar a mi autoridad, así como también lo hace sin imponérseme de manera violenta. En caso de que se me imponga de manera violenta, lo que no hay es una pareja y sí una subjetividad avasalladora que está intentando afirmarse y que en el proceso pretende obtener poder de la manera que ya mencionamos. Pareja, en su acepción más digna, no refiere a un punto de llegada sino un punto de partida, donde si Yo vengo desde la unidad, el mayor obstáculo es creer demasiado en sí mismo. No es que Yo le de algo al otro, es que Yo me doy todo desde el otro; inclusive visto con mayor precisión lo que se debiera decir es que en la pareja, yo me doy desde “eso otro” que también me incluye. Pudiendo así llegar a la siguiente afirmación: “mi pareja no es alguien”. Pues, en esta forma de considerársele, mi pareja es aquello desde lo cual, sin darme cuenta, Yo soy quien soy, y alguien más también es quien es. La pareja así vista es el punto de partida mientras que el Yo es un momento posterior que consiste en la acción de distinción de un sí mismo como siendo algo distinto de esa unidad previa que lo abarca todo.

En otras palabras, las barreras, en una auténtica pareja, no existen; si las hay es porque o no hay pareja, o porque algún Yo que se ha distinguido de la unidad, se ha confundido y ensimismado. En cuyo caso dicha subjetividad sólo puede salir de ese vicio diluyendo el dominio del Yo.

Hay que disolver al “Yo” para regresar al nosotros; teniendo en cuenta que una relación sólo puede funcionar si alguna vez realmente funcionó; y que si nunca ha funcionado, entonces no hay ninguna barrera que superar y sí mucho que reconocer.
Concluyendo: Si aparecen barreras en su relación, lo mejor que puede hacer es dejar de pensar en usted mismo.

 

 

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