Conociéndose

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Capítulo I Muchos se preguntarán quien era Benito Fonafonte, burócrata retirado, aficionado al América a lo que él mismo atribuye su mala suerte, ya que apostó en el año de 1965 su primer sueldo y desde esas fecha nunca ha podido ganar una apuesta y eso que metódicamente va al Estadio Azteca a ver a lo que él denomina sus canarios y no las Águilas que pomposamente les puso su dueño en los años 80´s y así se les quedó el nombrecito…

La pasión de Don Benito Fonafonte había sido tal que se juró a si mismo nunca ir a Guadalajara; lo que le impidió efectivamente ir a la Perla Tapatía y desaprovechar por tanto una interesante promoción de su banca de crédito rural que en aquella época se creía que era la salvación del agro mexicano y sus funcionarios recibían buenas prebendas por fomentar la producción agropecuaria a lo largo y ancho del país. Por esas fechas llegaba a su agenda un lugar de extraordinaria belleza y colorido, San Juan Teotihuacan; pintoresco pueblecillo que engalana la majestuosa zona arqueológica de las Pirámides de Teotihuacan. Benito había rechazado irse de comisión a los alrededores de Guadalajara y en su lugar se instalaría una larga temporada en el centro del Altiplano Central, en el corazón de la denominada meseta de Anahuac.

 

Sus amigos de profesión y algunos familiares le hacían ver su histórico error de dejar ir un nombramiento de mayor envergadura y aceptar uno menor, con tal de no sentar sus reales en la capital de Occidente, a lo que el empecinado burócrata exclamaba con orgullo pambolero:

 

“¡Por toda la Patria si, pero a Guadalajara nunca!, Es lo menos que puedo hacer por mis cremas”, se repetía orgulloso Don Benito cada vez que le tentaba el destino con siquiera acercarse a la capital de Jalisco.

 

Tal sería su karma que cuando le tocó ya siendo mayorcito tomar la alternativa del matrimonio, conoció a la hermosa Canela; chica de hermosos ojos verde gris, bronceadita, con el único detalle de ser un poco simplona y no haber terminado más que una carrera técnica en una escuela para secretarias en el centro de la ciudad de México, de esas que pululaban y que ofrecían capacitar a aquellas damitas que desearan aprender a escribir a maquina así fuera de a dedito, con la esperanza de encontrar algún patrón de mediana escala que las sacara de trabajar y vivir honrosamente en uno de los nuevos multifamiliares tan de moda a finales de los años 60´s en la capital mexicana.

 

Así, el destino lo llevó a la Canelita, apodo que le había puesto su difunto Padre; pero su nombre un poco largo “María Carmita de los Remedios Esperón Jiménez para servir a Dios y sus mercedes” como ella misma se presentaba; hacia necesario llamarle por simplemente Canelita. Su Madre, una Sra. de pecho plano, algo arrugada, abundantes y bien recogidas canas, alzaba la ceja cuestionante y dudosa de las inmundas intenciones de cualquier hombre que se aventurara siquiera a acompañar a su pequeñita a ir al mercado por las verduras todos los sábados que era el día de compras. Así una mañana de mercado Carmita de los Remedios; se topó con un hombre de aspecto muy nacional, que se empinaba sendas garnachas y un licuado de huevo con jerez de esos que tanto abundan y que degustan los presurosos del tiempo, pero eso sí, Don Benito Fonafonte nunca terminaba un desayuno sin su acostumbrada torta de tamal. Aquella combinación gastronómica tan excelsa y ocurrente, fue lo que en realidad motivó la primara sonrisa y curiosidad de la joven por el peculiar cliente.

 

Discreta, pero decidida y aprovechando que su madre tenía achaques y no podía caminar por tremendo juanete, se acercó a Doña Marce, la de las fritangas, amiga de su mamá desde la infancia y le preguntó por el extraño, como no queriendo la cosa.

-¿Esta re feo verda? Y mire nomás todo cochino al comer y además panzón como calabaza.

-Hay Doña no sea mala, mire con que gusto come sus fritas…

-A que la Canela, ya anda buscando hombre, pues si es así y que mire que ya esta en edad de merecer mi muchachita, pero ande que este esta pero bien dejadito de la mano de Dios, ¿Así lo quiere?, pos si es de así por así, pues le damos entrón; mire como que yo le encargo el changarro, porque según voy por unas cosas y ahí aste le hace la platicada…

 

Sonriente por el cacahuatazo de Doña Marce, Carmita, tomó la pala y empezó freír algunas tostadas…

 

Benito estaba tan concentrado en su torta de tamal que no veía ni oía a nadie, por lo que la joven le tuvo que hablar más fuerte.

-¿Qué si quiere algo más señor?

-Si, déme un café para pasarme la torta porque mi polla ya se me terminó y otro jerez no me vendría bien, pues empiezo el día de trabajo.

-Como guste; ¿Bien cargado o le sirvo del cafecito de olla? Le caería bien…

 

Esa expresión de amabilidad y las delicadas formas de Carmita de los Remedios, captaron la atención de Benito, quien como buen burócrata empezó a flirtear y en menos de cinco minutos ya sabía origen, religión, usos y costumbres de la también interesada chica. Doña Marcela regresaba al puesto gustosa de ver que había contribuido a que la hija de su amiga pudiera conocer a un hombre formal. Sin mucho trámite y con un buen atole de masa, Benito se iba a sus quehaceres con los Ejidatarios y las autoridades municipales para ver los avances de los programas que su banco había iniciado en esa región que en aquellos años, aún era inminentemente agrícola.

 

Sin más preámbulo y con algunas cuestionantes de la Sra. madre de Carmita que Benito supo a bien sortear; contrajeron matrimonio un 12 de octubre, por aquello del descubrimiento de América ya que Benito tenía gran admiración por el descubridor genovés; sin embargo por una u otra razón, nunca le dijo a Carmita que además era por amor al equipo de futbol que llevaba su nombre.

 

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Capítulo II

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