Conociendo a Mario

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Capítulo I      El despertador sonó en punto de las 6 am., comenzaba el día. Ariadna se levantó y empezó con la rutina: baño, maquillaje, desayuno, tráfico. Como cada día salió de su departamento en la calle de Tamaulipas.

En el ascensor se encontró con el vecino de arriba, un pintor de 32 años un poco calvo y que se limitaba a decir “Buenos Días”. Subió a su auto y al fin después de poco más de una hora llegó a su oficina en el décimo piso de una de las torres más altas de Santa Fe en la ciudad de México. Trabajaba de lunes a viernes en el área de crédito y cobranza. Todos los días salía de su oficina alrededor de las seis de la tarde para pasar en el gimnasio por lo menos dos horas. El gimnasio estaba cerca de la oficina y, además de ejercitarse, le agradaba el ambiente de confianza que ahí encontraba; principalmente gozaba de la compañía de Mario, su instructor. Ariadna era una persona agradable, salía los fines de semana con sus amigas de la Universidad, Ana y Lorena; sin embargo, hasta entonces no había conocido a ningún hombre con quien decidiera formalizar una relación. Ella disfrutaba enormemente el tiempo que pasaba en el gimnasio pues era un lugar en el que dejaba las preocupaciones de la oficina y del hogar, lo único que hacía era revitalizar su cuerpo con las series de ejercicios que Mario diseñaba para ella. Frecuentemente, en las pláticas con Ana y Lorena, era tema de conversación el increíble instructor que Ariadna había encontrado, un hombre atlético, joven y carismático recién llegado de Brasil. Ya habían pasado algunos días desde que ella había empezado a ir a ese gimnasio. Un viernes por la tarde ella comenzaba con la rutina, 20 minutos de escaladora, 15 de bicicleta y series de 15 en los aparatos; después de unos cuantos comentarios triviales, Mario se atrevió: – Tú vives en la Condesa, ¿no? – Sí, en la calle de Tamaulipas. – Me invitaron a un evento en un bar que está como a dos cuadras de esa calle. Me habías comentado que te gusta la música electrónica ¿no? – Sí, me encanta, creo que ya sé que bar dices, ¿está en la calle de Ámsterdam? – ¡Sí, es ese! ¿Qué te parece si me acompañas y te invito unos tragos? Ese viernes Ariadna llegó a su departamento menos exhausta por el ejercicio, acaso por la extraña emoción que sentía.  Al día siguiente vería a su instructor atlético y bien parecido del que tanto les hablaba a sus amigas. No tenía planes de salir en la noche así que se preparó un té de cereza y se sentó a ver una película. Se durmió imaginando como sería su encuentro con Mario; pensaba en que ropa usaría e incluso imaginaba la conversación que tendrían. Cuando despertó, el reloj de pared que estaba justo enfrente de su cama marcaba las 10 am ¡Ya era Sábado!. No pudo evitar esbozar una sonrisa al momento en que aquello vino a su mente. El día paso lentamente, el súper, la lavandería… por la tarde tenía programado comer con Ana y Lorena; sin embargo, aquel era valioso tiempo que emplearía en peinarse, maquillarse y perfumarse para su cita. Pasó toda la tarde escogiendo el mejor vestuario, los mejores aretes y el mejor brillo labial. La cita era a las 9 pm en Ámsterdam #295, llegó un poco tarde, quizá a las 9:20 y como lo supuso, Mario la esperaba en la puerta del bar. Se saludaron efusivamente y él alabó su belleza, que en sus propias palabras esa noche era “deslumbrante”. El ambiente era excelente y Ariadna le platicaba a Mario sobre sus planes a futuro, sobre su familia y otros detalles de su personalidad, después de tres margaritas, bailaron toda la noche.

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