Amor a la 48ava vista

0 Shares
0
0
0

Por: Jenny Rough*   Todo comenzó cuando mi amiga Sara quería que saliera con un chico del sur, de Louisiana, Arkansas, que actualmente vivía en Los Ángeles, y yo me opuse. Yo crecí en Cleveland y en Chicago. Honestamente no estaba interesada en salir con chicos sureños con pasatiempos como cazar y pescar. Tal vez yo estaba mal por basar mis decisiones en preferencias geográficas, pero cuando de amor se trata, las personas actuamos de forma extraña. Tengo una amiga que está convencida, gracias a su tía que es psíquica, que su futuro marido vive en Colorado y que maneja una camioneta blanca. Conozco a otra mujer que se rehúsa a salir con hombres que sean más pequeños que ella cuando usa tacones.

Otra razón por la cual me negaba a salir con él es por las malas experiencias que he tenido con este tipo de citas. Todas han sido terribles. En una ocasión salí con un chico hippie que aún seguía obsesionado con su ex novia (ella era una recamarera que tenía una amorío con un piloto). Después salí con un chico a quien constantemente le molestaban sus calzones (a la mitad de nuestra cita, abrió su bragueta para acomodárselos). Durante mi última cita, salí a cenar con un intento de actor, ¡fue horrible! Esa cita fue organizada por mi abuela. Entonces dije, ¡ya es suficiente! A pesar de todo esto, acepte la invitación de mi amiga Sara para salir en grupo con Ron, mi “nueva cita”. Mis padres se conocieron en una cita a ciegas hace 37 años, y aún están juntos. Puede funcionar, pensé yo.

 

Pero cuando vi a Ron, no fue amor a primera vista. El tenía una voz ronca, por lo que enseguida asumí que fumaba. También era doce años mayor que yo, demasiado viejo. ¡Además me llamaba Ginny!

 

“No Ginny como de Virginia”, le decía yo. “Jenny de Jennifer.”

 

El contesto: “Eso es lo que dije: Ginny”, y sonrió. Entonces me di cuenta de que realmente estaba diciendo Jenny, pero con su fuerte acento sureño.

 

Después fuimos a un concierto al aire libre para acompañar a Sara y a su nueva pareja. Sara me hacia muecas mientras él estaba volteado.

 

“No hay química”, le contesté yo.

 

Al terminar la noche, Ron y yo nos dimos un abrazo raro y nos despedimos. Francamente dudé que lo volviera a ver. Semanas después, mientras intentaba escapar de un tumulto de gente que entraba a la clase de yoga, escuche: “Ginny”. Ron estaba sentado en una colchoneta azul de yoga y con sus piernas estiradas hacia el frente. Rápidamente se hizo a un lado y me ofreció un lugar, fue más lindo de lo que recuerdo.

 

Después de la clase fuimos por algo de comer. Esa noche aprendí una lección importante: mis juicios rápidos pueden ser equivocados. Descubrí que Ron jamás probó un cigarro, es ciclista de largas distancias y está en mejor estado físico que la mayoría de los chicos de mi edad.

 

También, aparte del yoga, teníamos una larga lista de intereses en común (era ridícula mi teoría de que los fines de semana se la vivía de camuflaje). Cuando salimos del restaurante, Ron me abrió la puerta, y recuerdo haber pensado: “Creo que me podría agradar este caballerosísimo hombre sureño”.

 

Dos semanas después me encontraba sentada frente a él, en un restaurante de mariscos en Santa Mónica. En algún momento entre el salmón, las ensaladas y una interesante discusión sobre el insomnio, empecé a sentir un poco de química entre nosotros. Justo después, Ron pidió pastel de zanahoria como postre, y amablemente comentó que no le agradaba mi dulce favorito, el chocolate. En ese momento sentí una gran decepción, y el mesero regresó rápidamente con su pastel de zanahoria. Cuando Ron me insistió un poco en que probara de su pastel, pensé que si lo probaba iba a vomitar sobre la mesa. Finalmente lo intenté y descubrí que había algo en esa dulce mezcla de sabores que me dejó sorprendida. ¡Su pastel de zanahoria era delicioso!

 

Mientras caminábamos de regreso al auto, Ron miró mis piernas. “Me gustan mucho tus jeans”, me dijo. Eran color morado. También me habló sobre la falda de flores y la blusa verde que usé durante nuestra primera cita. Fue honesto, y me comentó que eran demasiado conservadoras para su gusto.

 

“Oye, puedo ser alocada de vez en cuando”, le contesté, mientras le mostraba mis piernas. Él se acercó y me besó. Aún ahí, no estaba segura de que hiciéramos una buena pareja. El beso se sintió lindo pero no cerró el trato. Entonces pensé: no estaría nada mal intentar una nueva relación. Después de esa cena comenzamos a salir como pareja.

 

Conforme fue evolucionando nuestra relación, nuestra amistad creció, y conforme creció nuestra amistad, creció la atracción entre nosotros. Aun cuando teníamos gustos opuestos en la música, disfrutábamos tomar clases de baile juntos. A pesar de que a él le encantaba hablar de política, mientras que yo debatía sobre los méritos literarios del último best-seller en Nueva York, aprecié la inteligencia y la audacia que esto traía a nuestras conversaciones. Respetábamos nuestras diferencias y siempre estábamos dispuestos a intentar cosas nuevas.

 

Eventualmente se volvió claro para mí que no importaba si Ron fuera del sur, del norte, o del planeta Neptuno. No hizo ninguna diferencia que él fuera católico y yo protestante, o que él muy probablemente se quedara calvo a los 55. Lo único que importó fue que él era lo suficientemente considerado como para llamar a su madre todos los domingos, y que siempre se acordaba de lavar sus platos sucios después de comer. Se me hizo muy conmovedor el hecho de que se negara a matar a cualquier animal (en vez de esto, arrinconaba a las arañas de mi techo y las agarraba para soltarlas en el bosque). También me conmovía que cuando estábamos en una fiesta, siempre buscaba a las personas solitarias y trataba de unirlas al grupo para que se sintieran cómodas.

 

Un día estábamos remando un kayak de mar en la bahía de Kealakekua. Llevábamos saliendo un poco más de cuatro meses y decidimos tomar nuestras primeras vacaciones juntos en Hawai. Viajamos de forma maravillosa, ¡otro plus increíble! Entonces me di cuenta que me había enamorado de él. Esto no sucedió en seguida, pero sucedió. Fue amor a la 48ava vista.

 

Fuente: Prodigy.net

 

*Jenny Rough es escritora freelancer. Jenny y su esposo Ron han estado casados por más de tres años. Ella nos platica como su amor hacia él continua creciendo con el tiempo.

 

 

0 Shares
Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

You May Also Like